Hay momentos en la vida
en los que parece pararse el tiempo. Dejas de respirar y te vuelves
una completa autómata. No hace mucho experimenté algo parecido.
Acababa de atravesar las puertas del instituto para volver a casa.
Tenía que darme prisa, pues las primeras gotas que daban paso a una
posterior tormenta empezaban a derramarse sobre mí. Estaba a punto
de echar a correr cuando una voz hizo que me parara en seco. Poco a
poco fui dándome la vuelta, hasta que por fin pude ver de quién se
trataba. Era imposible, casi irreal. Ante mí se encontraba la
sonrisa más bonita que había visto en mi vida. Observé cómo
articulaba palabras con los labios, pero yo no escuchaba, era incapaz
de apartar la vista de su boca. Cuando conseguí reaccionar, y me di
cuenta de que esa sonrisa tenía dueño, alcé la vista y me topé
con unos ojos azules que parecían atravesarte el alma. No podía
ser, era imposible, y, sin embargo, ahí estaba él. Comenzó a
hablarme y yo le contestaba, pero no era consciente de lo que decía,
lo único que supe entender era que me había quedado un libro en
clase y él había corrido tras de mí para devolvérmelo. Le di las
gracias, me volvió a sonreír y se dio media vuelta. Aún me quedé un rato
mirando cómo se alejaba en compañía del manto de agua que ya caía
sobre la ciudad.
Esa misma noche, fui incapaz de conciliar el sueño. No era capaz de quitármelo de la cabeza. Hacía dos años que
lo conocía de vista, pero nunca me había sentido atraída hacia él. Dos años en los que fui una auténtica estúpida.
A día de hoy, todavía no he vuelto a hablar con él, pero quién sabe, a veces el destino es caprichoso, y nos lleva por los caminos más insospechados. Únicamente puedo esperar, quizás mañana pueda tenerlo ante mí de nuevo, y esta vez no guardaré silencio.