Como cada día, he ido a aquel parque donde tantos momentos habíamos vivido juntos. Me he sentado en el banco de costumbre y, una vez más, mi mente ha retrocedido en el tiempo hasta el mismo instante que la conocí.
Fue hace cuatro años. Yo era un chico de 17 años al que no le importaba su futuro: me metía en líos, bebía hasta perder el conocimiento, pasaba de mis estudios... hasta que una noche, volviendo a casa después de una fiesta, se cruzó en mi camino. Era lo más bello que había visto nunca, creedme. Iba sola, lo que me extrañó a esas horas de la madrugada. Caminé hacia ella para asegurarme que no era una visión, pero nada más verme, echó a correr. La perseguí durante un rato, no sabría decir cuánto. Justo cuando estaba a punto de perderla de vista le grité:
-¡Espera! ¡No tenía intención de asustarte! Sólo quería preguntarte si...
Pero antes de que pudiera terminar de formular la pregunta, desapareció detrás de una esquina y ya no pude volver a verla.
A la mañana siguiente, no me acordaba ni de cómo había llegado a la cama. En realidad, no recordaba nada de la noche anterior. Me metí en el baño a lavarme un poco la cara, me puse unos vaqueros, una camiseta y salí a despejarme. El día era caluroso, por lo que mucha gente había aprovechado para ir al parque que había en el centro de la ciudad. Me puse los cascos y empecé a darle vueltas a la cabeza. Por algún motivo, tenía la sensación de que olvidaba algo importante, algo que había sucedido la noche pasada, pero era incapaz de recordarlo.
De repente, vi a alguien que se asomaba detrás de un árbol: una chica morena, de preciosos ojos verde esmeralda. Su cara me era familiar. Era imposible, anoche vi a esa muchacha. ¿O fue solo un sueño? No, fue real, corrí detrás de ella. Estaba tan inmerso en mis pensamientos que no me di cuenta que ella me estaba mirando de la misma forma que te mira un perro asustado. Era como si tuviera miedo de algo, o de aguien. Quizás, incluso del que tenía miedo era de mí. Por un momento, pensé en dar la vuelta y dejarla allí, pero había algo en mi mente que me lo impedía. Tenía que hacerle una pregunta antes de que volviera a evaporarse en el aire:
- Oye, ¿eres real?
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